5 jun. 2020

El Ilusionista (05.06.2020).



La diferencia entre el pasado, el presente y el futuro es solo una ilusión persistente.
(Albert Einstein)



                                                                      Foto obtenida en bbc.com


 Han bajado los precios de los artículos a vender en la tienda de los tres grandes portones de madera con cristaleras. Sí, es la tienda que luce medios pilares incrustados y sobre los que descansan lindos capiteles. Así la sitúan en los papeles de publicidad que los chicos del barrio, contratados por unos cuartos, van entregando a los transeúntes en mano, o dejando caer en los buzones.

La verdad es que toda la tienda, en su conjunto, aparenta cansancio. Acaso algo de descuido, también. Su dueño es un empresario mayor que en sus buenos tiempos fue un joven emprendedor muy capaz. Entonces, el negocio estaba como un palmito. Era la atracción de la calle Mayor. Allí entraban los acaudalados compradores que presumían de marcas y modelos para el día siguiente contonearse luciendo tipo y estilo. Ahora ya no, pues según fue pasando el tiempo los grandes almacenes inundaron el mercado y los pequeños negocios llegan a final de mes a fuerza de imaginación.

De todas formas, a don Darío su dueño no es que le importe mucho. Él es más feliz cuando al atardecer cierra sus puertas. Ya, tampoco, está pendiente del trato de sus dos empleadas con los pocos clientes que entran por la llamada del descenso de los precios. Él no tiene prisas por vender, ni ilusión por la caja, ni nadie que le espere. Él vive por vivir. Escapa con lo poco que entra cuando suena un ingreso en la caja registradora. No necesita grandes estipendios. Él lo que desea es el cierre, porque este le abre las puertas a otro mundo. Entonces se quita su chaqueta y en mangas de camisa abre su álbum de fotos donde se recogen los momentos más felices, aquellos que pasó con su amada Victoria.

En su silencio va pasando hoja a hoja y recrea sus miradas cargadas de intenciones, sus poses de jóvenes enamorados, la belleza del rostro de su amada, sus ondulados cabellos, su cuerpo de porcelana. Y es cuando vuela a su otrora lecho del amor. Donde solo eran dos en uno, compartiéndolo todo. Es así cuando en sus oídos se recrean nítidamente cada “te amo” entre agitados respiros y cada beso en un sello apasionado de fiel compromiso. Es cuando se hace dueño del paraíso. Solo aquel sueño se quiebra llegado el momento de abrir la página de los trozos de papel. Cachos de papel rosa en una escueta nota de despedida. Cachos de papel rosa resultado de los mismos mil pedazos de su dolorosa y enrabietada acción. Allí aparecían pegados poco a poco, tarde a tarde, como en un puzle que fuera componiendo con el paso de los años, mientras en cada ajuste fuera preguntándose el porqué.

Y entre balbuceos repite desconsoladamente buscándole un significado a lo incomprensible:

“Querido Darío:  Líbreme Dios de quererte hacer daño. Sirvan estas desgarradas letras, como roto está mi corazón, para despedirme. No puedo vivir con tanto amor. Tengo miedo a perderte y a que sufra en la misma medida que ahora te amo. Siempre te llevaré en mí. El recuerdo de lo vivido hará mucho más fuerte nuestro apasionado amor. Tuya de por vida.  María.”

Así de escueto y de difícil consuelo se muestra la misiva. Después, respira profundamente, cierra el álbum, lo coloca en la caja fuerte y deja caer la descolorida chaqueta sobre su cuerpo. No importa como le quede sobre la cansada espalda. Ni tampoco que al cerrar su tienda de las grandes cristaleras, un ilusionista lance pompas de plata que vuelen hasta abrazar a los que en el futuro serán quienes vibren con el amor que a él le persistirá de por vida.

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